¿Para qué me sirve, dice Jehová, la multitud de vuestros sacrificios? Hastiado estoy de holocaustos de carneros y de sebo de animales gordos; no quiero sangre de bueyes, ni de ovejas, ni de machos cabríos. ¿Quién demanda esto de vuestras manos, cuando venís a presentaros delante de mí para hollar mis atrios?… Lavaos y limpiaos; quitad la iniquidad de vuestras obras de delante de mis ojos; dejad de hacer lo malo; aprended a hacer el bien; buscad el juicio, restituid al agraviado, haced justicia al huérfano, amparad a la viuda. Isaías 1:11, 12, 16, 17.

En el texto de hoy, Dios le dice a su pueblo lo que realmente espera del hombre; lo que realmente le importa: aun los rituales litúrgicos ordenados por él mismo, es decir, que no son inventos de los hombres, habían llegado a provocarle repulsión, porque no iban acompañados de la práctica del bien, de la justicia y del amor. Y Dios les pide que abandonen esas conductas pecaminosas. Y no solo les pide una moral pasiva, de dejar de hacer lo malo, sino una moral activa, solidaria. Les pide que aprendan a “hacer el bien”; que busquen el “juicio”; que restituyan al “agraviado”; que hagan “justicia al huérfano” y que amparen a “la viuda”. Les pide una preocupación ética y social.

Hoy, Dios, por supuesto, sabe que la adoración es una necesidad del ser humano; que la adoración verdadera nos conecta con Dios y, por lo tanto, como siempre sucede cuando nos relacionamos con él, nos eleva, refina y ennoblece. Pero no le interesa una adoración formal, para “cumplir”, o como mecanismo de evasión de la realidad y de los compromisos morales, o como método para congraciarnos con él y gozar de su favor. Por encima de todo, le interesa que nuestra relación con él nos haga seres más buenos, más nobles, más éticos, más solidarios. Estas conductas son el verdadero termómetro de una genuina religiosidad, de una auténtica relación con Dios. Y Dios, lejos de ser un ser egocéntrico, a quien le interesa tener un séquito de aduladores serviles, es alguien a quien le importa que aprendamos a amar y a tener un carácter moral semejante al suyo, que se prodiga en bondad y servicio hacia el prójimo.

Tomado de: Lecturas devocionales para Jóvenes 2015
“El tesoro escondido” Por: Pablo Claverie






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